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Mi primer viaje sola en furgo (y lo que me enseñó)

Hay decisiones que desde fuera parecen pequeñas… pero por dentro lo cambian todo.

Viajar sola en furgo era una de esas cosas que llevaba tiempo rondándome la cabeza. No por necesidad. No por obligación. Sino por algo mucho más profundo: quería saber cómo era estar conmigo de verdad, sin ruido, sin compañía, sin distracciones.

Porque una cosa es decir que te gusta estar sola… y otra muy distinta es llevarte a ti misma de viaje, convivir contigo las 24 horas, decidirlo todo sola y sostener también los momentos en los que no hay nadie más.

Y aunque al principio da respeto —mucho respeto— te puedo decir una cosa: no es solo un viaje.

Es un antes y un después.

Porque no se trata solo de moverte de un sitio a otro. Se trata de descubrir cómo reaccionas cuando todo depende de ti. De ver qué pasa cuando no tienes a nadie al lado con quien comentar el plan, compartir una duda o repartir una decisión.

Y ahí, justo ahí, empieza algo muy bonito. A veces incómodo. A veces revelador. Pero muy bonito.

Viajar sola en furgo no me enseñó solo a buscar sitios para dormir o a resolver imprevistos. Me enseñó a escucharme, a confiar más en mí y a darme cuenta de que muchas veces no necesitamos tanto como creemos para sentirnos bien… solo un poco de silencio, carretera y espacio para volver a una misma.

El miedo antes de salir

No voy a engañarte: antes de arrancar, aparecen mil pensamientos. No es solo uno, son muchos.

¿Y si me pasa algo?
¿Y si no sé dónde dormir?
¿Y si me siento sola?
¿Y si no me gusta?
¿Y si no soy capaz?

Y lo curioso es que cuanto más lo piensas, más grande se hace. Empiezas a imaginar situaciones que ni siquiera han pasado, a anticipar problemas, a ponerte en escenarios que no son reales, pero que dentro se sienten muy reales.

Ese ruido es completamente normal. A todas nos pasa.

Porque al final no es solo viajar sola.
Es salir de lo conocido.
Es enfrentarte a lo que no controlas.
Es confiar en ti sin tener la certeza de cómo va a salir.

Y eso da respeto. Mucho.

Pero hay algo que aprendí muy rápido.

El miedo no desaparece antes de salir. Desaparece cuando empiezas a moverte.

Recuerdo ese momento de arrancar, de poner la primera marcha, de empezar. Y de repente, todo ese ruido baja. No desaparece del todo, pero cambia, porque pasas de imaginar a hacer.

El primer kilómetro ya cambia algo dentro.

Ya no estás en el “¿y si…?”. Ahora estás en el “vale, ya estoy aquí”.

Y eso, aunque parezca pequeño, es un cambio enorme.

Aprender a decidir por ti

Cuando viajas sola, no hay consenso. No hay ese “¿qué te apetece?” ni alguien con quien contrastar cada decisión.

Solo estás tú.

Y eso, que al principio puede parecer incómodo, acaba siendo una de las partes más liberadoras del viaje.

Decides dónde parar, qué camino seguir, si te quedas un día más o si cambias de plan sin dar explicaciones. No tienes que negociar ni justificar nada. Simplemente haces lo que sientes en ese momento.

Al principio cuesta.

Porque estamos muy acostumbradas a compartir decisiones, a apoyarnos en otros, a buscar validación. Y cuando eso desaparece, aparece una sensación rara… como si te faltara algo.

Pero poco a poco pasa algo muy interesante.

Empiezas a escucharte más. A confiar en lo que te pide el cuerpo. A darte cuenta de que no necesitas tanto ruido externo para saber lo que quieres.

Y ahí es donde cambia todo.

Te das cuenta de algo muy potente: sabes tomar decisiones. Solo que no estabas acostumbrada a hacerlo sola.

No se trata de tomar siempre la decisión perfecta. Se trata de aprender a decidir y sostener lo que eliges.

Y eso, cuando vuelves, se queda contigo.

La soledad… no es lo que pensabas

Una de las cosas que más miedo da antes de viajar sola es la soledad.

No tanto estar sola, sino lo que creemos que va a significar: sentirnos vacías, incómodas, perdidas. Como si algo nos fuera a faltar constantemente.

Pero la realidad es otra.

No es una soledad vacía. Es una soledad llena.

Llena de silencio, de pensamiento, de momentos que normalmente pasan desapercibidos cuando estás acompañada o en movimiento constante.

Empiezas a notar cosas pequeñas.

Como ese rato tranquila dentro de la furgo, sin prisa, con un buen tazón de colacao calentito mientras fuera hace frío. O esa noche en la que no hay ruido, solo el viento, y te das cuenta de que no necesitas nada más.

Y ahí pasa algo importante.

Al principio cuesta. Hay momentos incómodos, momentos en los que te apetece compartir, hablar, no estar sola.

Pero si no sales corriendo de esos momentos… si te quedas… empiezas a escucharte de verdad.

Sin distracciones. Sin interferencias.

Empiezas a entender qué necesitas, qué te apetece, qué te está pasando realmente.

Y esa sensación, aunque al principio da respeto, acaba siendo muy poderosa.

Porque ya no estás sola.

Estás contigo.

La confianza que no sabías que tenías

Viajar sola en furgo no es solo emocional. También es muy práctico.

Porque todo depende de ti.

Buscar sitios donde dormir, decidir si ese lugar te da buena sensación o no, gestionar pequeños imprevistos, resolver cosas que no habías previsto… y hacerlo en el momento, sin pensarlo demasiado.

Y ahí es donde empieza a pasar algo muy interesante.

Al principio dudas. Te lo cuestionas todo. No sabes si estás eligiendo bien, si ese sitio es el adecuado, si deberías seguir o parar.

Pero poco a poco, a base de hacerlo, algo cambia.

Empiezas a confiar más en lo que sientes. A tomar decisiones más rápido. A no darle tantas vueltas a todo.

Y sin darte cuenta, te estás demostrando algo.

Que puedes.

Que sabes resolver.
Que sabes adaptarte.
Que sabes salir adelante sin depender de nadie.

No es algo que pase de un día para otro. Es algo que se construye en cada pequeña decisión, en cada problema que solucionas, en cada momento en el que eliges seguir.

Y eso… se queda.

Porque no es solo confianza para viajar.

Es confianza para la vida.

Lo que te llevas de vuelta

No vuelves igual.

Y no es algo que se vea desde fuera, ni algo que puedas explicar fácilmente cuando alguien te pregunta “¿qué tal el viaje?”. Pero tú lo notas.

Hay una calma distinta. Una forma diferente de estar. Como si algo por dentro se hubiera recolocado sin hacer ruido.

Después de viajar sola, ya no necesitas tanto. Ni tanto ruido, ni tanta compañía constante, ni llenar todos los espacios. Empiezas a estar más cómoda contigo, con tus tiempos, con tus decisiones.

Y eso cambia muchas cosas.

También cambia la forma en la que dudas. O, mejor dicho, la forma en la que dejas de dudar tanto. No porque tengas todas las respuestas, sino porque has aprendido a sostenerte incluso cuando no las tienes. A avanzar sin tenerlo todo claro.

Y eso da mucha tranquilidad.

Te llevas una seguridad que no viene de fuera. No depende de nadie ni de nada. Viene de haber estado ahí, de haberlo vivido, de haberte visto capaz.

Y cuando sientes eso… ya no se va.

Viajar sola en furgo no es para demostrar nada.

No es para ser valiente ni para contar una historia bonita.

Es para conocerte.

Para verte en situaciones nuevas, para escucharte sin ruido, para darte cuenta de lo que necesitas de verdad cuando todo depende de ti.

Y no siempre es cómodo.
Pero sí es muy revelador.

Porque en ese espacio, en ese silencio, en esa toma de decisiones constante… empiezas a conectar contigo de una forma diferente.

Y eso se queda.

No porque haya sido perfecto, sino porque ha sido real.

Y si alguna vez lo has sentido —esa curiosidad, ese “y si…”— quizá no sea casualidad.

Quizá solo sea una parte de ti que quiere probar, que quiere salir de lo conocido, que quiere descubrir hasta dónde puede llegar.

No tienes que hacerlo todo de golpe.
Pero sí puedes empezar a escucharte.

Porque muchas veces, el primer paso no es irte.

Es atreverte a pensarlo de verdad.

Un abrazo,
Mónica Cubas
Sipuedomescapo

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